lunes, 30 de agosto de 2010

-Pero tú, durante ese tiempo, ¿qué es lo que hacías?
-Yo la esperaba. Yo la esperaba aguantando sus noes.
-¿Y la esperaste para siempre?
-Al principio sí. Al final no esperaba ya gran cosa.
Le gustaba la sinceridad de sus respuestas.
-Así que, ¿sufriste?
-Sí -admitió-. Era incluso… más que sufrimiento: una especie de desgarro, de suplicio, de tortura.
-Pero ¿cómo pudiste querer, desde la primera vez, a una mujer a la que no conocías?
-Lo sé… es difícil de entender –le concedió Archibald- . Me parecía que veía en ella cosas que los demás no veían, cualidades de las que ella misma no tenía conciencia. Me parecía ver ya en ella a la mujer en la que se convirtió más tarde.
-Eso sólo pasa en las novelas y en las películas, papá…
-Eso pasa a veces en la realidad –le aseguró.
-¿Y cómo te explicas que tardase cinco años en darse cuenta de que eras tú el hombre de su vida?
La miró a los ojos.
-Porque le daba miedo ser querida. Porque la vida es complicada y se divierte a menudo enviándonos a la persona correcta en el momento equivocado.
-Y tú, antes de ella, ¿ya habías querido a alguien?
-Antes de tu madre, estuve casado unos años con una enfermera de la Cruz Roja.
-¿Y la dejaste por mamá?
-No, la dejé porque pensaba demasiado en tu madre, aunque en ese momento no me quisiera. La dejé porque engañar al otro empieza primero en la cabeza.
-Y por fin, al cabo de cinco años, mamá te dijo que sí.
-No me dijo que sí, me dijo simplemente que la había curado.
-¿Qué la habías curado?
-Sí, y créeme, eso vale más que todos los “te quiero” del mundo.

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