Sus respiraciones se mezclan, sus labios se tocan, sus lenguas se buscan y se provocan.
Ella le roza el rostro; él le acaricia la nuca.
Ella le quita la chaqueta; él le desabotona los vaqueros.
Ella lo desembaraza de la camisa, que cae al parquet; él le sube el jersey, le lame los hombros, saborea su piel.
Ella se fija en su tatuaje, que no tenía en otro tiempo; él reconoce su olor y lo confronta con sus recuerdos.
Entonces el tiempo descarrila, el pasado contamina el presente.
Y el miedo vuelve a la superficie.
El miedo.
Enquistado en el cuerpo, agazapado en la sombra del espíritu.
El miedo que prolifera.
El miedo que no tiene límites.
Y que sólo el amor puede vencer.
Al principio, el miedo lo infecta todo.
Al principio, el miedo da miedo y da ganas de huir.
A pesar de todo, sus manos se reúnen y sus cuerpos se pegan el uno contra el otro.
Ella se aferra a él como a una balsa.
Él encuentra la fuerza para anclarse en ella.
Ella consigue anudarse a él.
Su mirada busca la de él. Él la atrae, se detiene para contemplarla al resplandor de las luces del puerto: su cuerpo brilla en la noche que ilumina su rostro. Ella le sonríe, pretende estar radiante para él. Ella le pasa las manos por el cabello; él deja su lengua huronear en su pecho.
Entonces, por supuesto, podemos reducir sus besos a un intercambio de saliva, a unos gramos de marfil esmaltado que entrechocan.
Y sin embargo…
Sin embargo, el tiempo de un pestañeo.
Sus cuerpos tiemblan y el miedo refluye.
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