domingo, 5 de diciembre de 2010

Se la imagina en brazos de otro. Su cara frente a aquel hombre imaginario pero que, desgraciadamente, existe. Entonces la ve sonreír. ¿Cómo habrá sido su primer abrazo, su primer beso? La imagina en casa arreglándose nerviosa antes de salir, probándose vestidos, combinando colores... Llena de entusiasmo, de novedad. Oye su corazón latir feliz al oír el telefonillo. La ve salir guapísima del portal, tan guapa como lo estuvo muchas de las veces que salió con él, aún más ahora que lo ha dejado. La ve subir en un coche que, con toda seguridad, será caro, saludar a un tipo divertida, con un beso en la mejilla y alejarse charlando con él. Frescos y chispeantes, rebosantes de cosas fáciles que decirse, saboreando el perfume del otro y las fantasías comunes. Después una cena de miradas y de atenciones, de sonrisas, educación, una cena con el escenario adecuado. Más tarde la ve paseando por algún otro lugar de la ciudad, lejos de él, de su vida, de la infinidad de recuerdos. La ve apartándose el pelo como lo hacía siempre cuando salían juntos, solo que ahora lo hace para otro, la ve sonreír y, lentamente, ve también cómo sus labios se acercan. Entonces sufre como nunca antes lo había hecho. ¿Por qué si hay un Dios lo ha permitido? ¿Por qué no lo ha detenido? ¿Por qué no le ha hecho ver en ese momento como algo mío, algo esplendido, el más hermoso de los recuerdos, todo el amor que hemos compartido? Lo que fuera con tal de impedir que cobrara vida un extraño futuro: que aquel beso viera la luz. Entonces comprendió, que sus besos, ya no le pertenecían, entendió que no hay nada que se pueda hacer, cuando algo nos falta... debemos llenar ese vacío. Aunque cuando es el amor lo que nos falta, no hay nada que lo llene de verdad...

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